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He vuelto

Después de meses y meses y meses, prácticamente un año de no entrar en el blog, he vuelto. Espero encontrar la inspiración necesaria para poder escribir cosas nuevas. La tengo bajo mínimos pero como todas las cosas en esta vida, el músculo se ejercita con el movimiento y, espero que mi mente pueda ser agitada y despierte... Besos... Micaela

Acróstico

Todos padecemos algo

Reyes, nobles y plebeyos

A mí me falta la química

Sólo de pies a cabello

Trastorno? No!

O más bien un mal momento (y)

Recurrimos al medicamento

Nadie en la tierra está libre

O quizá se libran conejos y liebres (de)

Bajo conocimiento (lo)

Importante es disfrutar de lo que tienes

Pues un ser pensante eres (y)

Olvidar debemos malos ratos (para que)

Los que queden sean buenos

Alguno no está de acuerdo?

Recapacite, carpe diem que el tiempo pasa corriendo.

 

Micaela

Qué siento hoy

Hoy es el día de mi cumpleaños. Un 26 de enero de... nací.

Para mis padres fue una grandísima alegría porque llevaban 10 años casados y muchos médicos le habían dicho a mi madre que no podía tener hijos. (En aquella época no existía la inseminación artificial ni la fecundación in vitro y poco se sabá al respecto).

Hata el momento, la vida se me ha pasado como un soplo... Ya tengo una hija de 23 años y no sé donde se ha ido todo este tiempo. Ha sido como un soplo. Me pregunto si los próximos 23 se me van a pasar así de rápido. imagino que sí o más todavía.

Esto me lleva a pensar que la vida es un timo. No somos nada pensando en los siglos y siglos que hace que la humanidad exista.

Pero yo pretendo dejar huella, por lo pronto mis cuatro hijos ya son una huella de mi paso por la tierra. Lo que escribo espero que les quede como mi legado y, sin ser presuntuosa, que pase de una a otra generación.

También pienso que cada día es único e irrepetible y que hay que encontrar siempre cosas buenas para disfrutarlo. Esto supone un pequeño esfuerzo porque no solemos vivir así... Yo, hoy que es mi cumpleaños me lo voy a proponer, es el mejor regalo que me puedo hacer a mi misma. También reirme más, reirme de las cosas sencillas, de alegrías que a veces pasan desapercibidas, como que la vida es un regalo y sólo por el hecho de despertarnos sanos y sanos los que nos rodean deberíamos ser muy felices.

 

Besos y feliz cumpleaños Micaela!!!!!!

Mándame tus cuentos

Estaré encantada de recibir vuestros cuentos. Yo escribo pero no tengo perspectiva de la calidad. Me gustaría ver la calidad de otros cuentos, así como la imaginación, la redacción, los finales con epifanía...

Gracias.

 

 

Micaela

Página de buscador

dondebuscar.net

Acuarios Famosos

Ana de Bretaña (1476)

Emperador Go - Nara de Japón (1497)

Jean Baptiste Bernadotte, mariscal francés que llegó a ser rey de Suecia y Noruega (1763)

Achim Von Armin, escritor alemán (1781)

Juan Pablo Duarte, político Dominicano (1813)

Pierre Savorgnau de Brazz, explorador francés (1847)

Trinle Gyatso, 12º Dalai Lama (1857)

Sabino Arana, político español (1865)

Kees Von Donger, pintor holandés (1877)

Douglas MacArthur, militar EEUU (1880)

Paul Newman (1925)

Axott Glenn, actor EEUU (1941)

José Mourinho, entrenador de fútbol (1963)

(...) 

Los Acuario

Los Acuario tienen una personalidad fuerte y atractiva. Hay dos tipos de acuario: uno es tímido, sensible y paciente. El otro es exuberante, vivo y puede llegar a esconder profundidades de su personalidad debajo de un aire frívolo. Ambos tipos de acuario tienen una fuerza de convicción y de la verdad muy fuerte y son tan honestos que saben cambiar de opinión si aparecen pruebas que muestran lo contrario de lo que pensaban antes. Los acuario son capaces de ver los dos lados del argumento por lo que sin uno de los símbolos más tolerantes y sin prejuicios del zodiaco. Están abiertos a la verdad y dispuestos a aprender de todos.

Un acuario es humano, sincero, refinado e idealista. Saben ser perseverantes y expresarse con razón, moderación y, a veces, humor. Casi todos los acuarios son inteligentes, claros y lógicos. Muchos son imaginativos y psíquicos. A veces sienten la necesidad de retirarse del mundo para meditar y pensar. Se niegan a seguir a la multitud. A pesar de la personalidad abierta y de su deseo de ayudar a la humanidad, no suelen hacer amigos con facilidad. No entregan su alma. Pero una vez que deciden que merece la pena amar a alguien, se convertirán en amigo o amante dispuesto a sacrificar todo por su pareja y ser fiel durante toda su vida Sin embargo, a veces, les toca vivir la desilusión emocional porque sus ideales personales les llevan a exigir más de su pareja de lo que es razonable. Si se le engaña a un acuario, su furia es terrible.

 

Yo, personalmente, me encuentro totalmente identificada con mi signo. Incluso mi mundo bipolar encaja con sus características porque, a veces, soy tímida y retraída y otras lanzada, y exuberante. Al final dos caras de la misma moneda como todo aquello que rodea mi personalidad.

 

¿Te pasa a ti lo mismo, Acuario?

 

Micaela

España123

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Las Nubes

  

Sueño que estoy en tu sueño

Y tus sueños son los míos

Flotamos, nos damos la mano

Despierto, tu ya no estás

Fue el ayer

Las nubes lloran la pena

De aquel pasado perdido

 

 

 Micaela

Una Oportunidad

 

Mentiras y promesas rotas y las maletas de Micaela preparadas al lado de la puerta. Llenas de desengaños y de frustraciones. Tantas esperanzas e ilusiones quebradas.

La vida se diluía ante mí. Pero cerré la puerta. Me marché. Amaba a Micaela pero no tanto como para no dejarme arrastrar por el vértigo, la aventura, la toxicidad de sostener en mis manos las fichas y apostar. El veintiuno era el número mágico.

Cada mano tiene una forma única de jugarse. Yo lo sabía. Frente a frente al croupier, me olvidaba de todo. Me olvidaba que había prometido hacía mucho tiempo que sería la última vez. Pero nunca era la última. O quizá si, la última de infinitas primeras veces. Ruegos y súplicas que ya sonaban a falso. Era imposible que Micaela volviera a confiar porque había confiado tantas veces que se sentía tonta y estúpida.

Ese fajo de billetes que me abrasaba el bolsillo me daba una falsa seguridad. Yo también era tonto y estúpido porque fingía una realidad que no era la mía. Yo no era un millonario, era un pobre diablo que iba a poner en la línea de fuego todos los recursos del mes y a qué precio. Pero es que ya no había nada más. Nada más que ese montón de fichas de colores que hacía repiquetear  entre mis dedos. Su sonido era como el ruido monótono y cadencioso de la gota que se escapa del grifo mal cerrado en mitad del silencio de la noche. Ese golpe seco que todo lo envuelve, que penetra en el cerebro y que impide pensar en otra cosa que no sea en la gota de agua. Así me sentía yo en la mesa de Blackjack, en mi mente ya no había nada más. Sólo yo; las cartas; la jugada perfecta; las fichas; mi suerte; las luces, que se proyectaban con una intensidad difusa sobre las mesas de juego y los espejos ahumados del fondo de la sala que gastaban malas pasadas porque daban una sensación de inventada profundidad; elementos cómplices de mi derrota. Una derrota que tenía un sabor amargo como la hiel. Cómplices del fracaso de mi existencia por no haber sabido cumplir el sueño de Micaela que sólo había querido ser feliz a mi lado.

Mi particular y definitiva bajada a los infiernos se inició hacía casi cinco años. Si hubiera devuelto ese dinero, habría sido distinto. Pero no lo hice. Tenía la certeza de que ganaría. Lo veía tan claro. Entonces ingresaría la parte que había tomado prestada y nadie tendría porqué enterarse. Nadie saldría perjudicado. Pero no gané. Perdí todo. Y todos perdimos, todos salimos dañados. Micaela hizo frente a la deuda. Pero mi desprestigio llegó igualmente. Me despidieron del trabajo y, aunque el asunto quedó enterrado, se abrió una gran brecha en mi vida. Ya nada fue igual. Ningún empleo era bueno, además eran eventuales y todo lo que ganaba lo gastaba jugando. Y cuando no lo ganaba, pedía préstamos o robaba a Micaela y el sentimiento de culpa aunque aparecía algunas veces como una sombra que trataba de envolverme, no era tan poderoso como para no dejarme arrastrar por el juego. Buscaba la satisfacción en las cartas. Nada era suficiente porque no sabía vivir, vivir la vida de verdad, vivir encontrando sentido en las cosas pequeñas de la vida.

El croupier barajaba las cartas con maestría e indiferencia. Su mirada se perdía en la lejanía; entre otras mesas, entre la gente; entre ese ambiente festivo y decadente que envuelve a un casino. Yo era uno más. Un ganador o un perdedor más porque la casa siempre gana y aunque cada jugada era única e irrepetible y yo dominaba la técnica, no había lógica para mi derrota. Pero ganar qué más daba. Lo mejor era el riesgo y esa agradable desazón que sentía en la boca del estómago cuando estaba en la mesa de juego.

Con cierta condescendencia el croupier retiraba mis fichas en cada jugada perdida. Otro fracaso más, miles de fracasos.

Me levanté de la mesa. Le lancé la última ficha que me quedaba – empleados, gracias – dijo el hombre introduciéndola en la ranura de la mesa. En su imperturbable indiferencia hacia todos nosotros, casi con una cierta superioridad.

Sin fichas pero todavía con unos cuantos billetes, mi sentido común me instaba a marcharme a casa. A lo mejor todavía estaba a tiempo. Me pondría delante de Micaela. No la dejaría ir. Esta vez no, cambiaría. Todo sería diferente. Me engañaba a sí mismo.

Me acerqué a la barra del bar y pedí un güisqui solo que apuré de un trago. Noté como el caliente licor recorría mi cuerpo, sentí un latigazo en las extremidades. La bebida al templar mis frías y sudorosas manos me causaba cierto dolor. Recuperé fuerzas y seguridad. El dinero echaba chispas en el bolsillo. Sólo un último intento. Una vez más. Cambié todo lo que me quedaba. La cajera me miró mientras arrastraba hacia mi lado de la ventanilla las fichas. Sus ojos me recordaron a la mirada de Micaela. Ojos de sueños rotos. Mirada vacía. Vacía ya de reproches y de súplica. Que ya no esperaba nada de mí. Sólo una decepción.

Volví a sentarme en una mesa. El croupier era joven y con un aire arrogante o, quizá, a mi me lo parecía. Mientras desplegaba las cartas parecía decirme – qué haces aquí, hombre. ¿No sabes que la banca siempre gana? ¿No sabes ya de sobra que la suerte hay que aprovecharla en las cosas importantes de la vida? Lo sabes, pero no puedes frenarte. Siempre serás un perdedor – .

Lo perdí todo aquella tarde. Y mucho más porque también había perdido a Micaela. Las maletas ya no estarían en la puerta cuando volviera a casa. El hogar frío y en silencio. Silencio roto por el repicar de las fichas en mi cabeza como la gota de agua solitaria en mitad de la noche. Hogar vacío de excusas, súplicas y mentiras.

Hielo en la piel. Empujé las puertas de salida. Nunca me habían parecido tan pesadas. Aquellas puertas sin barrotes pero que aprisionaban mi alma. Mucho más que la peor de las cárceles porque las barreras son más fuertes cuando son espirituales. La mente de un preso puede volar, atravesar los muros con la imaginación. Su espíritu es libre. Pero yo era el peor de los reos. El preso más preso. Esclavo de mi adicción.

Salí cabizbajo y con las manos en los bolsillos vacíos. El frío de la noche me devolvió a la realidad y no quería pensar. No podía. El  viento me dio en la cara como un bofetón. Lentamente, bajé los escalones. Al pie el aparcacoches me esperaba con la puerta de mi coche abierta. Y de repente los vi. Los papeles se arremolinaban contra los escalones. Chocaban unos con otros en una suerte de juego, de baile arrítmico y frenético. Me paré en seco. Eran billetes. Billetes de cien, de cincuenta, de quinientos euros… Muchos. Miré a los lados. Nadie a mi alrededor. El aparcacoches seguía aguardando con al puerta abierta, pero distraído, miraba a la noche. Y me agaché, recogí un puñado que intentaban escapárseme entre los dedos siguiendo el compás del viento. Encontraría a Micaela, seis, siete billetes. Le daría una razón nueva para no abandonarme, ocho, nueve, billetes… Dinero suficiente para afrontar el mes, los gastos corrientes… diez billetes… Cantidad bastante para saldar antiguas deudas… Me agaché de nuevo, los billetes seguían girando. Trece, dieciséis billetes… Podría volver a empezar, veintiséis billetes. Me desintoxicaría… Me curaría. Veintinueve… Sería libre. Libre de verdad. Buscaría un trabajo, ordenaría mi vida. Una nueva razón para el comienzo.

Cuando terminé de coger los billetes, seguí bajando. Pero no sé cómo, sentí de nuevo el fuego en mi mano y ese resquemor tan familiar en la boca del estómago.  Llegué ante el aparcacoches y miré el reloj, como justificándome y le sonreí – creo que he cambiado de opinión, no sabía que todavía fuera temprano – le dije. – Si no le importa guarde mi coche. – Encantado señor – respondió el hombre, mientras se montaba en el coche.

Miré a las puertas y subí con paso firme la escalinata.

Tuve una oportunidad pero la desaproveché, necesito jugar. Adrenalina para mis entrañas. Soledad infinita en mi miseria. Soy un jugador.

 

 

Micaela

Ripios

Una gata blanca y un gato pardo subiéronse a hacer el amor a un árbol.

De tal forma el gatito se entregó a su tarea

que se cayó del árbol y se quedó como una oblea.

         Moraleja:

Si quieres hacer el amor a la mujer que amas,

lo mejor es no andarse por las ramas.

 

 

 

El marqués miró a la dama,

la dama miró al marqués,

pasó un mes,

pasó otro mes,

pasaron tres veces tres,

y hoy hay un niño que mama

de las mamas de la dama

en la cama del marqués.

 

 

 

La señora de un teniente general

con su marido se portaba mal

y un saldado de su mismo regimiento

a la dama acosaba sin cuento.

         Moraleja:

Está el amor de la mujer bravía

por encima de toda jerarquía.

 

 

 

Un sabio enamorado del mundo orgánico,

se tiró una momia en un jardín botánico.

Aquejado del mal de purgaciones,

se hacía las siguientes reflexiones:

O este mal es anterior a Jesucristo,

O a esta momia la han jodido por lo visto.

 

 

 

 

Tres o cuatro muchachas de una fonda,

hicieron con camaranchón cama redonda.

Llegó Juan sin luz alguna

y sin saber a quién se j… a una.

         Moraleja:

Haz bien y no mires a quién.

 

 

 

En un café cantante,

por el atrás querían dar a un elefante.

El animal conocedor del oficio,

con la trompa se tapaba el orificio.

         Moraleja:

A el que le dan por el c… es que se deja.

 

 

 

Entró Inés a servir a un enclaustrado

y el c… se cerró con un candado.

Súpolo el fraile, la pilló dormida,

Le quitó la llave y la j… enseguida.

         Moraleja:

De nada sirven precauciones

cuando a un fraile se le hinchan los c…

 

 

 

Una joven de la industria telefónica,

se quedó de tanto hablar la pobre afónica.

Como ya no podía comunicar,

el jefe le cambió el auricular

         Moraleja:

A todos nos resulta más simpático,

el uso del teléfono automático.

 

 

 

 

 

 

 

La infanta Dña. Eulalia,

se tapaba el c… con una dalia

y la infanta Dña. Isabel

hacía lo propio con un clavel.

J… con las infantas

que manera de adornarse con las plantas.

 

 

 

Sol madrugador,

cura callejero

y hombre muy cortés

pa joderlos a los tres.

 

 

 

En las orillas del Ganges

quejábase un indio de tener corto el menino

y en las orillas del Nilo

un Otentote quejábase de tener grande el cipote.

         Moraleja:

En esta tierra de desdicha,

nadie está contento con su picha.

 

 

  

Imagen del Príncipe Feliz

La historia del Prícipe Feliz me emociona. Me emociona la sensibilidad del Príncipe con los pobres, su tristeza por los que sufren y su entrega a los demás. Es el dar hasta las últimas consecuencias.

La golondrina sufre una transformación a lo largo del cuento. Al principio está convencida de que debe emigrar a climas cálidos pero poco a poco va comprendiendo la misión del príncipe y se identifica con él hasta dar la vida.

Precioso cuneto que todos deberíamos leer y reflexionar sobre las necesidades hmanas de los que nos rodean, los más cercanos y vivir de alguna forma la caridad.

 

Micaela

Cuento

Oscar Wilde
EL PRÍNCIPE FELIZ

Dominando la ciudad, sobre una alta columna, descansaba la estatua del Príncipe Feliz. Cubierta por una capa de oro magnífico, tenía por ojos dos zafiros claros y brillantes, y un gran rubí centelleaba en el puño de su espada.

Era admirado por todos: "Es tan hermoso como el gallo de una veleta"-  afirmaba uno de los dos concejales de la ciudad que deseaba ganar fama como conocedor de las bellas artes- "nada más que no resulta
tan útil"- añadía, temiendo que las gentes pudieran juzgarle impráctico; cosa que en realidad no era.

-"¿Por qué no puedes ser como el Príncipe Feliz?" -decía una madre razonable a su pequeño que lloraba por alcanzar la luna- "Al Príncipe Feliz nunca se le ocurre llorar por nada".

-"Me alegra que haya alguien en el mundo que sea tan feliz"-mascullaba un pobre hombre frustrado, contemplando la estatua maravillosa.

-"Es igual que un Ángel" -comentaban los niños del coro de la catedral cuando salían de ella con sus esclavinas rojas y sus roquetes blancos y almidonados.

-"¿Cómo lo sabéis?" -replicaba el maestro de matemáticas-, "¿si nunca habéis visto uno?"

-"¡Ah, porque los hemos visto en sueños!" -contestaban los muchachos; y el maestro de matemáticas fruncía el ceño y tomaba una actitud muy seria porque no le gustaba que los niños soñasen.

Una noche voló sobre la ciudad una golondrina. Sus compañeras ya habían partido hacia Egipto seis semanas antes, pero ella se retrasó porque estaba enamorada de un bellísimo junco. Lo había conocido al
principio de la primavera cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y se sintió atraída de tal manera por su tallo esbelto, que se detuvo para hablarle.

-¿Aceptas mi amor? -le preguntó la golondrina que nunca se andaba con rodeos; y el junco hizo una ceremoniosa inclinación. Entonces la golondrina voló haciendo grandes círculos a su alrededor, rozaba la
superficie de las aguas con las puntas de sus alas, dejando brillantes estelas de plata. Ésa era su manera de cortejar; y así transcurrió todo el verano.

-"Son unas relaciones tontas" -gorjeaban las otras golondrinas-. "El es pobre y tiene demasiados parientes". -Y verdaderamente, el río estaba lleno de juncos. Entonces, al llegar el otoño, todas las golondrinas alzaron el vuelo.

Cuando ya se habían alejado, la golondrina se sintió sola, y comenzó a cansarse de su amante. "No tiene conversación" -se decía-. "Además creo que es casquivano, porque constantemente coquetea con brisa".- Y era verdad, en cuanto la brisa comenzaba, el junco hacía las reverencias más graciosas."Además tengo que reconocer que es demasiado casero" -continuaba- "y a mí me gusta viajar, y a mi compañero, por tanto, deberá gustarle viajar conmigo."

-"Te vendrías conmigo" -le preguntó al fin, pero el junco. sacudió la cabeza,... ¡se sentía tan ligado a su hogar!

"¡Te has estado burlando de mí!" –gritó la golondrina-. "Me marcho a las Pirámides, ¡adiós!" -y echó a volar.

Voló durante todo el día, y ya de noche llegó a la ciudad. -"Dónde me alojaré" -se preguntó-. "Espero que la ciudad haya preparado algún lugar para mí."

Entonces divisó la gran columna, -"Me cobijaré allá" -gorjeó-. "Es un magnífico lugar con bastante aire fresco." -Y así, se detuvo justamente entre los dos pies del Príncipe Feliz.

-"Tengo una habitación dorada" -se dijo quedamente después de mirar en torno suyo y preparándose a dormir; pero en el momento en que iba a poner la cabeza bajo el ala, una gran gota de agua le cayó encima-.

"¡Qué raro!"-exclamó- "no hay una sola nube en el cielo, las estrellas se ven claras y brillantes, y sin embargo está lloviendo. El clima en el norte de Europa es verdaderamente terrible. Al junco le gustaba la
lluvia, pero eso no era más que puro egoísmo."

Entonces le cayó otra gota. -"De qué me sirve una estatua, si no me protege de la lluvia" -dijo la golondrina-. "Voy a buscar el copete de una chimenea", y ya iba a emprender el vuelo pero antes de que hubiese desplegado las alas, le cayó encima una tercera gota.

Entonces miró hacia arriba y vio... ¡Ah!, ¿qué es lo que vio?

Los ojos del príncipe estaban bañados en lágrimas, y las lágrimas corrían por sus mejillas doradas. Su cara era tan hermosa bajo la luz de la luna que la pequeña golondrina se sintió llena de lástima. -'¿Quién eres?" -le preguntó. -"Soy el Príncipe Feliz".

-"Entonces; ¿por qué lloras?" -dijo la golondrina-, "me has empapado."

-"Cuando estaba vivo, y tenía un corazón humano" -contestó la estatua-, "no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en el Palacio de Sans-Souci, donde a la tristeza no se le permite entrar. Durante el
día jugaba con mis amigos en el jardín, y en la noche yo dirigía las danzas en el Gran Salón.

"Alrededor del jardín se alzaba una tapia altísima, pero nunca me preocupé por preguntar lo que se encontraba tras ella; todo lo que me rodeaba era tan bello. Mis cortesanos me llamaban El Príncipe Feliz, y en realidad lo era, si es que el placer es la felicidad. Así viví, y así morí. Y ahora que estoy muerto me han colocado a tal altura, que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón ahora es de plomo, no me queda más remedio que llorar."

-"Pues qué, ¿no está hecho de oro macizo?" -se dijo para sí la golondrina, pues era muy cortés para hacer observaciones en voz alta.

-"Allá lejos" --continuó la estatua en voz baja y melódica-, "allá lejos, en una callejuela, hay una casa muy pobre. Una de las ventanas permanece abierta, y por ella puedo ver una mujer sentada ante una mesa. Su cara se ve demacrada y triste, tiene manos toscas y enrojecidas, y las yemas de sus dedos picadas por la aguja, porque es costurera. Está bordando pasionarias en un vestido de seda que deberá lucir la más encantadora de las damas de honor de la reina, en el próximo gran baile de la Corte. Sobre una cama, en un rincón del mismo cuarto, yace su pequeño hijo enfermo, con fiebre, y pide naranjas. Su madre no tiene nada para darle, más que el agua del río; y por eso el pequeño llora. Golondrina, golondrina, golondrinita,
¿no quisieras llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos a este pedestal, y no puedo moverme.

-"Me están esperando en Egipto" -contestó la golondrina-. Mis compañeras ya vuelan de aquí para allá sobre el Nilo, y hablan con los grandes lotos. Pronto se recogerán a dormir en la tumba del Gran Rey.

El Rey está allí mismo dentro de su sarcófago pintado. Envuelto en bandas de lino amarillo y embalsamado con especies. Tiene puesto un collar de jades verde pálido, alrededor del cuello, y sus manos son como hojas marchitas."

-"Golondrina, golondrina, golondrinita" -dijo el príncipe- "¿No podrías quedarte conmigo una noche más, y ser mi mensajera?-¡El niño tiene tanta sed, y su madre está tan triste!"

-"No creo que me gusten los niños" -contestó la golondrina-. "El año pasado cuando estaba en el río, andaban por allí dos muchachos groseros, hijos del molinero, y que siempre me tiraban piedras. Nunca
llegaron a alcanzarme, por supuesto; nosotras las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo procedo de una familia famosa por su agilidad; pero aun así, eso no dejaba de demostrar una gran falta de
respeto".

Pero El Príncipe Feliz se veía tan triste, que la pequeña golondrina se sintió compadecida.

-"Aquí hace mucho frío" -dijo al fin- "pero me quedaré contigo por una noche y seré tu mensajera."

-"Gracias golondrinita" -contestó el Príncipe.

Entonces la golondrina arrancó el gran rubí del puño de la espada del Príncipe, y llevándolo en el pico, voló sobre los techos de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde estaban esculpidos unos ángeles en mármol blanco. Cruzó cerca del palacio y oyó la música del baile. Una preciosa joven se asomó al balcón junto a su novio.

-"¡Qué maravillosas son las estrellas!" -dijo él a la muchacha- ¡y también qué asombroso el poder del amor!"

-"Espero que mi vestido esté terminado a tiempo para el baile oficial" -respondió ella-. "He mandado bordar en él, pasionarias; pero las costureras son tan perezosas..."

La golondrina pasó por encima del río, y vio la luz de los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Voló sobre el Ghetto, y vio a los viejos judíos, negociando entre sí, y pesando el dinero en balanzas de cobre. Por fin llegó a la pobre vivienda, y miró dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camastro, y la madre se había dormido... ¡estaba tan cansada! ... Se deslizó rauda en la habitación, y depositó el gran rubí sobre la mesa, junto al dedal de la costurera. Entonces, graciosamente, revoloteó alrededor de la cama, abanicando con sus alas la frente del niño.

-"¡Qué fresco siento!" -exclamó el niño- "debo estar mejorando", y se sumergió en un sueño delicioso.

Entonces la golondrina regresó volando hacia el Príncipe Feliz, y le narró lo que había hecho. "Es curioso, comentó, pero ahora me siento con bastante calor, a pesar de estar haciendo tanto frío."

-"Es porque has realizado una buena acción" -dijo el Príncipe. La golondrinita comenzó a reflexionar, y se quedó dormida. El pensar siempre le daba sueño. Cuando empezaba a amanecer bajó volando al río y se bañó. -'¡Qué fenómeno más notable!" -dijo el profesor de ornitología, al pasar por el puente- "¡Una golondrina en invierno!"

Y escribió sobre este asunto una larga carta al periódico local. Todos la citaban y hablaron de ella, ¡estaba llena de tantas palabras que no alcanzaban a entender! ...

-"Esta noche parto para Egipto" -dijo la golondrina, sintiéndose entusiasmada con esta perspectiva.

Visitó todos los monumentos públicos, y estuvo descansando largo rato en la cúspide del campanario. Donde quiera que fuese, los gorriones gorjeaban y se decían unos a otros:

-"Que forastera tan distinguida".

Y se sentía muy contenta y halagada al oírlo.

Cuando salió la luna, voló de regreso al Príncipe Feliz.

-"¿No tienes ningún encargo para Egipto?" -le gritó-. "Ya me voy"

-"Golondrina, golondrina, golondrinita" -contestó el Príncipe-. "¿No podrías quedarte conmigo una noche más?"

-"Me esperan en Egipto" -fue la respuesta-. "Mañana mis compañeras volarán a la segunda catarata. Allí el hipopótamo descansa -sobre los juncos y el dios Memnón reposa sobre su gran trono de granito, vigilando las estrellas durante toda la noche, y cuando surge brillante la estrella matutina, lanza un gran grito de alegría, y vuelve a quedar silencioso. A medio día los leones amarillos se acercan a las orillas para beber. Tienen ojos como aguamarinas verdes, y su rugido domina al de las cataratas."

-"Golondrina, golondrina, golondrinita" -dijo el Príncipe-. "Lejos, más allá de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre su mesa llena de papeles, y enfrente tiene un vaso con un ramito de violetas marchitas. Su cabello es castaño y rizado, sus labios rojos como granos de granada; y los ojos son hermosos y soñadores. Está tratando de concluir una obra para el director del teatro; pero tiene un frío tan terrible que ya no puede escribir más. No hay fuego en la habitación, y el hambre ha hecho que se desmaye."

-"Esperaré una noche más y me quedaré contigo" -contestó la golondrina, que en verdad tenía muy buen corazón-. "¿Le llevaré otro rubí?"

-"¡Ay, ya no tengo rubí!" -dijo el Príncipe-. "Mis ojos son todo lo que me queda. Están hechos con zafiros rarísimos, que fueron traídos de la India, hace mil años. Sácame uno, y llévaselo a él. Lo venderá a un joyero, y comprará leña, y podrá terminar su obra.

-"Querido Príncipe" -replicó la golondrina- "no puedo hacer eso" -y comenzó a llorar.

-"Golondrina, golondrina, golondrinita" -insistió el Príncipe-. "Haz lo que te ordeno".

Así pues, la golondrina le sacó un ojo al Príncipe, y voló llevándolo hasta la buhardilla del estudiante. Fue fácil entrar, pues había un agujero en el techo. Penetró por él como una flecha, a la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida entre las manos. No pudo percatarse del aleteo del pájaro, y cuando levantó la cabeza, descubrió el hermoso zafiro descansando sobre las violetas marchitas.

-"Empiezo a ser apreciado" -exclamó-. "Esto debe venir de algún gran admirador. Ahora puedo terminar mi obra"-. Estaba verdaderamente dichoso.

Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto. Se detuvo en el mástil de un gran barco, mirando a los marineros que sacaban grandes cajas de la cala, tirando de gruesas cuerdas.

-"¡Arriba, iza!" -gritaban según salía cada caja.

-"¡Yo voy para Egipto!" -gritó la golondrina; pero nadie le hizo caso; y cuando se levantó la luna, regresó de nuevo al Príncipe Feliz, volando.

-"He vuelto para despedirme de ti, para decirte adiós.

-"Golondrina, golondrina, golondrinita" -contestó el Príncipe-. "¿No te quedarías una noche más conmigo?"

-"Ya es invierno" -dijo la golondrina- "y la helada nieve pronto llegará. En Egipto el sol es caliente sobre las palmeras verdes, y los cocodrilos descansan en el lodazal y miran perezosos a su alrededor. Mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbec, y las palomas blancas y rosadas las vigilan, arrullándose entre sí. Querido Príncipe, tengo que abandonarte, pero nunca te podré olvidar, y en la próxima primavera, te traeré dos magníficas piedras preciosas, en lugar de las que has regalado. El rubí será más rojo que una rosa, y el zafiro será tan azul como el ancho mar".

-"Allá abajo, en la plaza" -siguió diciendo el Príncipe Feliz- "está en pie una niña vendedora de cerillos. Se le han caído todos los cerillos al arroyo, y ya no sirven. Su padre la maltratará, le pegará, si no trae algo de dinero a la casa, y por eso llora. No tiene ni zapatos ni medias, y su cabeza está descubierta. Sácame el otro ojo, dáselo, y su padre no le pegará".

-"Me quedaré una noche más contigo" -respondió la golondrina-, "pero no puedo sacarte el otro ojo. Te quedarás completamente ciego".

-"Golondrina, golondrina, golondrinita" -dijo el Príncipe-. "Haz lo que te mando."

Así las cosas, le sacó el otro ojo, y lo llevó consigo, descendiendo y pasando junto a la pequeña vendedora de cerillos, le deslizó la gema en la palma de la mano.

- "Qué precioso vidrio" -gritó la niña-. Y corrió riendo hacia su casa.
Entonces la golondrina volvió al Príncipe.

-"Ahora estás ciego" -dijo-. "Así es que me quedaré para siempre contigo."

-"No, golondrinita" -replicó el pobre Príncipe-. "Debes irte a Egipto."

-"Me quedaré para siempre a tu lado" -dijo la golondrina. Y se durmió a los pies del Príncipe.

Todo el día siguiente lo pasó sobre el hombro del Príncipe, y le contó muchas cosas de todo lo que había visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos, que permanecen inmóviles en largas hileras a orillas del Nilo, y pescan peces dorados, con sus largos picos. De la Esfinge, que es tan antigua como el mundo, que vive en el desierto, y todo lo sabe. De los mercaderes, que caminan despacio al lado de sus camellos, y van pasando las cuentas de ámbar de los rosarios entre sus dedos. Le hizo relatos del rey de las montañas de la luna, que es tan negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal. También le describió la enorme serpiente verde que duerme enroscada en una palmera, y tiene veinte sacerdotes que la alimentan con
pastelillos de miel. Y también le dijo de los pigmeos que navegan por un gran lago, sobre anchísimas hojas planas, y que siempre está en guerra con las mariposas.

-"Querida golondrinita" -dijo el Príncipe- "me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso que todo eso, es el sufrimiento de hombres y mujeres. No existe misterio más grande que el de la miseria. Vuela sobre mi ciudad, golondrinita, y dime lo que ves en ella".

Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad; y pudo ver a los ricos holgar dichosos en sus hermosas mansiones, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló a través de barriadas sombrías, y contempló las caras lívidas de niños hambrientos mirando inmóviles hacia las calles en tinieblas. Bajo uno de los arcos de un puente, dos pequeños dormían abrazados tratando de calentarse uno al otro.

-"Tenemos mucha hambre" -decían.

-"¡Aquí no se puede estar tumbado!" -gritó el vigilante.

Y se alejaron bajo la lluvia. Entonces regresó al Príncipe volando, y le dijo todo lo que había visto.

-"Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe- me lo debes quitar, hoja por hoja, y darlo a mis pobres; los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja tras hoja de oro fino arrancó la golondrina, hasta que el Príncipe Feliz se quedó gris y deslucido. Hoja tras hoja de oro fino llevó la golondrina a los pobres, y las caras de los niños se fueron tornando rosadas, y reían y jugaban en las calles, y exclamaban alegremente: "¡Ahora tenemos pan!"

Y entonces llegó la nieve, y después de la nieve vino la helada. Las calles parecían cubiertas de plata, ¡eran tan brillantes y pulidas!...; grandes témpanos como dagas de cristal colgaban de los aleros de las
casas, toda la gente iba envuelta en pieles, y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre golondrinita tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe; ¡era muy grande su amor por él! Picoteaba las migajas en la puerta de la panadería, cuando su dueño no se daba
cuenta y trataba de calentarse, batiendo sus alas.

Pero al fin comprendió que iba a morir. Tuvo suficientes fuerzas para volar de nuevo hasta el hombro del Príncipe.

-"Adiós, querido Príncipe" -murmuró-. "¿Me permites besar tu mano?"

-"Me alegra que puedas por fin regresar a Egipto, golondrinita" -contestó el Príncipe-. "Ya has estado demasiado tiempo aquí; pero tienes que besarme en los labios, porque te amo."

-"No es a Egipto a donde voy" -dijo la golondrina-. "Voy a la Casa de la Muerte. La Muerte es la hermana del sueño, ¿no es verdad?"

Y besó al Príncipe Feliz en los labios. Y cayó muerta a sus pies. En ese momento un sonido extraño se oyó en el interior de la estatua, como si algo se hubiese quebrado. El hecho es que el corazón de plomo se había partido en dos. Estaba cayendo una terrible helada.

A la mañana siguiente, el Alcalde paseaba abajo, en la plaza, acompañado por los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna, miraron hacia la estatua:

-"¡Válgame Dios!" -exclamó-. "¡Qué desaliñado se ve el Príncipe Feliz!"

-"¡De veras, qué andrajoso!" -añadieron los regidores de la ciudad, que siempre estaban de acuerdo con el Alcalde; y se acercaron y subieron a examinarla.

-"El rubí se ha caído del puño de su espada, los ojos han desaparecido, y ya no tiene nada de oro encima" -dijo el Alcalde-. "En verdad casi no se diferencia de un mendigo."

-"No se diferencia de un mendigo" -repitieron los regidores de la ciudad.

-"¡Y aquí se encuentra un pajarillo muerto a sus pies!" -continuó el Alcalde.

-"Debemos promulgar un bando, prohibiendo que los pájaros mueran aquí."

Y el Alguacil de la ciudad tomó nota de esta iniciativa.

Así fue como bajaron la estatua del Príncipe Feliz. "Ya que habiendo dejado de ser hermoso, ya tampoco era útil"; dijo el Profesor de Arte de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un gran horno, y el Alcalde convocó a una reunión para decidir lo que debería hacerse con el metal.

-"Tendremos que levantar otra estatua, por supuesto" -y añadió-. "Y, por ejemplo, podría ser una estatua mía."

-"O la mía" -repitieron cada uno de los regidores.

Y comenzaron a discutir. La última vez que supe algo de ellos, fue que todavía estaban discutiendo.

-"¡Qué cosa más rara!" -dijo el maestro de fundidores-. "Este roto corazón de plomo, no se puede fundir en el horno. Lo tenemos que tirar."

Y lo tiraron sobre un montón de cenizas donde también se encontraba la golondrina muerta.

-"Tráeme las dos cosas más preciosas de toda la ciudad" -dijo Dios a uno de sus ángeles; y el ángel le trajo el corazón de plomo y el pajarillo muerto.

-"Escogiste bien" -dijo Dios-. "Por que en mi Jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz me alabará."

Pensamientos

...Dicen que los crujidos de los muebles los provocan los muertos cuya alma está en el purgatorio para que nos acordemos de rezar por ellas...

Quién tiene el poder de juzgar, aquí en la tierra, la maldad o bondad de los actos de cualquier ser humano? Los motivos que llevan a un hombre a realizar una acción, la verdadera necesidad de actuar de una manera u otra...

¿Quién sabe qué almas van al purgatorio? ¿Quién es el osado que se pueda atrever a asegurar que una persona está condenada al fuego eterno? O, a pesar de lo bondadosa que nos pueda parecer un alma, si ésta se encuentra realmente gozando de la alegría eterna en presencia del Señor.

Cuántas almas se resisten a abandonar este mundo por diferentes apegos: materiales, los más miserables, sentimentales, por ciertas preocupaciones o asuntos: Desde los más viles a los más altruistas. Almas que deambulan en una realidad paralela a la nuestra. Queriendo entrar a formar parte de nuestras vidas, pero sintiendo toda la impotencia de ser invisibles a nuestros ojos, imperceptibles a nuestros sentidos... Frustadas, tristes y doloridas... Fuera del espacio y del tiempo físico pero, al mismo tiempo, implicadas en ambos. No pudiendo comunicarse con nosotros salvo con crujidos casi imperceptibles y corrientes de aire que lo único qque provocan en nosotros es un ligero escalofrío.

 

Micaela

Cuento de la Princesa y la Rana

Hace muchos, muchos años, vivía una princesa a quien le encantaban los objetos de oro. Su juguete preferido era una bolita de oro macizo. En los días calurosos, le gustaba sentarse junto a un viejo pozo para jugar con la bolita de oro. Un día, la bolita se le cayó en el pozo. Tan profundo era éste que la princesa no alcanzaba a ver el fondo.

- ¡Ay, qué triteza! La he perdido -se lamentó la princesa, y comenzó a llorar.

De repente, la princesa escuchó una voz.

- ¿Qué te pasa, hermosa princesa? ¿Por qué lloras?

La princesa miró por todas partes, pero no vio a nadie.

- Aquí abajo - dijo la voz

La princesa miró hacia abajo y vio una rana que salía del agua.

- Ah, ranita - dijo la princesa -. Si te interesa saberlo, estoy triste porque mi bolita de oro cayó en el pozo.

- Yo la podría sacar - dijo la rana - . Pero tendrías que darme algo a cambio.

La princesa sugirió lo siguiente:

- ¿Qúe te parecen mis perlas y mis joyas? o quizá mi corona de oro.

- ¿Y qué puedo hacer yo con una corona? - dijo la rana -. Pero te ayudaré a encontrar la bolita si me prometes ser mi mejor amiga.

- Iría a cenar a tu castillo, y me quedaría a pasar la noche de vez en cuando - propuso la rana.

Aunque la princesa pensaba que aquello eran tonterías de la rana, accedió a ser su mejor amiga.

Enseguida, la rana se metió en el pozo y al poco tiempo salió con la bolita de oro en la boca.

La rana dejó la bolita de oro a los pies de la princesa. Ella la recogió rápidamente, y sin siquiera darle las gracias, se fue corriendo al castillo.

- Espera - le dijo la rana - . ¡No puedo correr tanto!

Pero la princesa no le prestó atención.

La princesa se olvidó por completo de la rana. Al día siguiente, cuando estaba cenando con la familia real, escuchó un sonido bastante extraño en las escaleras de mármol del palacio.

Luego, escuchó una voz que dijo:

- Princesa, abre la puerta.

Llena de curiosidad, la princesa se levantó a abrir. Sin embargo, al ver a la rana toda mojada, le cerró la puerta en las narices. El rey comprendió que algo extraño estaba ocurriendo y preguntó:

- ¿Algún gigante vino a buscarte?

- Es sólo una rana - contesto ella.

_ Y qué quiere esa rana? - preguntó el rey.

Mientras la princesa le explicaba todo a su padre, la rana seguía golpeando la puerta.

- Déjame entrar, princesa - suplicó la rana - ¿Ya no recuerdas lo que me prometiste en el pozo?

Entonces le dijo el rey:

- Hija, si hiciste una promesa, debes cumplirla. Déjala entrar.

A regañadientes, la princesa abrió la puerta. La rana la siguió hasta la mesa y pidió:

- Súbeme a la silla, junto a ti.

- Pero, ¿Qué te has creído?

En ese momento, el rey miró con severidad a su hija y ella tuvo que acceder. Como la silla no era lo suficientemente alta, la rana le pidió a la princesa que la subiera a la mesa. Una vez allí, la rana dijo:

- Acércame tu plato, para comer contigo.

La princesa le acercó el plato a la rana, pero a ella se le quitó por completo el apetito.

Una vez que la rana se sintió satisfecha dijo:

- Estoy cansada. Llévame a dormir a tu habitación.

La idea de compartir su habitación con aquella rana le resultaba tan desagradable a la princesa que se echó a llorar. Entonces, el rey le dijo::

- Llévala a tu habitación. No está bien darle la espalda a alguien que te prestó su ayuda en un momento de necesidad.

Sin otra alternativa, la princesa procedió a recoger la rana lentamente, sólo con dos dedos. Cuando llegó a su habitación, la puso en un rincón. Al poco tiempo, la rana saltó al lado de la cama.

- Yo también estoy cansada - dijo la rana. - Súbeme a la cama o se lo diré a tu padre.

La princesa no tuvo más remedio que subir a la rana a la cama y acomodarla en las mullidas almohadas.

Cuando la princesa se metió en la cama, comprobó que la rana sollozaba en silencio.

¿Qué te pasa ahora? - preguntó.

- Yo simplemente deseaba que fueras mi amiga - contestó la rana - . pero es obvio que tú nada quieres saber de mi. Creo que lo mejor será que regrese al pozo.

Estas palabras ablandaron el corazón de la princesa. La princesa se sentó en la cama y le dijo a la rana en un tono dulce:

- No llores. Seré tu amiga.

Para demostrarle que era sincera, la princesa le dio un beso de buenas noches.

¡De inmediato, la rana se convirtió en un apuesto príncipe! La princesa estaba tan sorprendida como complacida.

La princesa y el príncipe iniciaron una hermosa amistad. Al cabo de algunos años, se casaron y fueron felices.

La Princesa y la Rana

Esta historia nos enseña que las apariencias no importan. Hay que estar abiertos y con un corazón dispuesto a aceptar a todos como son. Además, las promesas deben cumplirse sino defraudaremos a los que más nos quieren.

Cuento de la Princesa y el Guisante

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero tenía que ser con una princesa de verdad.

Recorrió el mundo entero, y aunque en todas partes encontró princesas, siempre acababa descubriendo en ellas algo que no le gustaba. De ninguna se hubiera podido asegurar con certeza que fuera una verdadera princesa; siempre aparecía algún detalle que no era como es debido. El prícipe regresó a su país desconsolado por no haber podido encontrar una princesa verdadera.

Una noche se desencadenó una terrible tempestad: relámpagos, truenos y una lluvia torrencial. ¡Era espantoso!

Alguien llamó a la puerta de palacio y el anciano rey fue a abrir.

Era una princesa quien aguardaba ante la puerta. Pero ¡Dios mío! ¡Qué aspecto ofrecía con la lluvia y el mal tiempo! El agua chorreaba por sus cabellos y caía sobre sus ropas, le entraba por la punta de los zapatos y le salía por los talones. Y sin embargo ¡Pretendía ser una verdadera princesa!

"Bien, ya lo veremos", pensó la vieja reina, y sin decir palabra se dirigió a la alcoba, apartó toda la ropa de la cama y colocó en su fondo un guisante: puso después veinte colchones sobre él y añadió todavía veinte edredones de plumas de ánade.

Allí dormiría la princesa aquella noche.

A la mañana siguiente, le preguntaron qué tal había descansado.

- ¡Oh, terriblemente mal! -respondió la princesa - . Casi no he pegado ojo en toda la noche ¡Dios sabe qué habría en esa cama! He dormido sobre algo tan duro que tengo el cuerpo lleno de cardenales. ¡Ha sido horrible!

Así se pudo comprobar que se trataba de una princesa de verdad, porque a pesar de los veinte colchones y los veinte de pluma, había notado la molestia de un guisante. Sólo una verdadera princesa podía tener la piel tan delicada.

El príncipe, sabiendo que se trataba de una princesa de verdad, la tomó por esposa. El guisante fue trasladado al Museo del Palacio, donde todavía puede contemplarse, a no ser que alguien se lo haya llevado.

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